Por: Chanklas
Lo vivido el pasado 5 de julio en todas las partes del mundo, donde el rock y el metal han sonado, fue un hito. A 40 años del Live Aid que se cumplieron ayer, el 13 de julio fue catalogado como el Día Mundial del Rock, pero ¿qué podríamos decir del Back To The Beginning? ¿Qué fecha especial nos inventamos para nunca olvidar el 5 de julio de 2025?
Los abuelos, los hijos, los nietos y los bisnietos tuvieron una conexión espiritual. El mundo quería estar en el Villa Park, pero el Villa Park estuvo en nuestras pantallas. Nos ha tocado ver a Tony Iommi, Ozzy Osbourne, Geezer Butler y Bill Ward, a esas leyendas, decir adiós. Con el cuerpo gastado. Pero con el alma en llamas. Aceptan irse y lo hacen con una dignidad que desarma. Vemos a distintas generaciones mostrar su gratitud a esos cuatro hombres que cargan con el peso de la historia, en una entrega final.

La emoción que recorrió el mundo ese día fue alimentada no sólo por la nostalgia, sino por la magnitud del evento. «Back to the Beginning» no fue solo una despedida; fue una consagración. Un evento con decenas de artistas homenajeando a Sabbath desde el respeto, la admiración y el amor. Desde James Hetfield agradeciendo entre lágrimas y reconociendo que sin Sabbath no habría existido Metallica, hasta Steven Tyler saliendo del retiro para cantar con voz recuperada, demostrando que el espíritu del rock se niega a apagarse. Incluso Ozzy, debilitado por el Parkinson y múltiples cirugías, entrenó por meses para poder cantar una vez más con su banda. Y lo hizo. Sentado en su trono oscuro, pero con la voz encendida por el fuego de la memoria.

Nadie nos lo dijo, pero el último concierto de Black Sabbath no fue solo el final de una banda, pues nos permitieron volver a nuestros inicios, a esa parte de nosotros que sobrevivió a la escuela, a una educación estricta, a una familia disfuncional, a los problemas económicos de la clase trabajadora, al silencio de nuestro cuarto, al miedo, al peso de ser distintos. Porque no, no éramos los que no encajaban, éramos quienes entendían la oscuridad.
No lamentamos la despedida de Ozzy y Black Sabbath, lamentamos despedir todo aquello que fuimos mientras sonaba Paranoid o War Pigs. El duelo por el fin de una banda también es real, válido y poderoso, porque significa que sentimos, que vivimos con intensidad algo que para otros era solo «ruido».
El anunciado último concierto, como todo ritual, permite canalizar el dolor y transformarlo. No se trata de aferrarse al pasado, sino de honrarlo. Los ídolos también se van, las épocas también tienen fin, no lo podemos detener.
Ahora es tu turno: de contar esa historia, de llevar ese fuego donde no hay luz, donde hay otros jóvenes que no hablan con nadie de sus frustraciones y creen que sobran en el mundo. Ver a nuestros ídolos despedirse no es el fin, es el comienzo de lo que haremos con todo aquello que nos dejaron. Y eso, aunque duela, también es jodidamente hermoso.

Gracias a Black Sabbath por hacer del 5 de julio un Great Sabbath. Larga vida a los que aún creen que la música, y en especial el rock, puede salvarnos de la triste realidad en que vivimos.











