Por: Mike Stone
En el catálogo inmenso de The Beatles, Yesterday ocupa un lugar extraño: es una canción íntima, melancólica y desnuda, distinta del frenesí pop que los hizo famosos. Lo curioso es que Paul McCartney no la compuso con papel y lápiz, ni tras horas de ensayo, sino que la recibió en sueños.

Era 1963, y Paul vivía en la casa londinense de la actriz Jane Asher, su pareja de entonces. Una mañana despertó con una melodía rondándole en la cabeza. Se levantó, fue directo al piano y la tocó para no olvidarla. Le sonaba tan completa que dudó de inmediato: ¿de dónde había salido? Convencido de que tal vez era un plagio inconsciente, pasó semanas mostrándola a amigos y conocidos, preguntando si les parecía familiar. “¿Ya la has escuchado antes?”, les decía. Nadie la reconocía. Poco a poco, entendió que esa melodía era genuinamente suya.
Mientras tanto, la canción circulaba con una letra provisional que él usaba como broma: “Scrambled Eggs, oh my baby how I love your legs…” La melodía era seria, pero la letra un disparate para rellenar el espacio. Años después, McCartney contaba esa anécdota entre risas, como recordatorio de que hasta las obras maestras nacen a veces de tonterías.
Finalmente, durante un viaje a Portugal, encontró la frase que daría sentido a esa música: Yesterday. Ahí todo encajó. La grabación oficial llegó en 1965, incluida en el disco Help!, con un arreglo de cuerdas minimalista que la separaba del estilo habitual de The Beatles. Fue, en muchos sentidos, la primera vez que la banda permitía a uno de sus miembros aparecer casi en solitario.
El resultado fue histórico: Yesterday se convirtió en una de las canciones más versionadas de todos los tiempos, con miles de intérpretes distintos. Pero detrás de ese himno universal hay una historia íntima, casi doméstica: un joven que se despertó con música en la cabeza, dudó de su propia inspiración, y acabó regalándole al mundo una de las melodías más reconocibles del siglo XX.











