El día que Hendrix encendió el rock: cuando la guitarra se volvió sacrificio

Era marzo de 1967, Londres. The Jimi Hendrix Experience se preparaba para una gira poco convencional, encabezando una noche donde se presentarían actos tan dispares como Engelbert Humperdinck y The Walker Brothers. En el camerino del Astoria, rodeados del bullicio típico de los montajes, su manager Chas Chandler se preguntaba cómo destacar, cómo robar portadas. Fue entonces cuando Keith Altham, periodista de NME, lanzó una frase al aire que cambiaría para siempre los shows eléctricos: “¿Y si prendes fuego a la guitarra?”. No como metáfora, sino literal.

Chandler sonrió, tomó la idea, mandó por líquido para encendedores. Esa misma noche —31 de marzo de 1967— Hendrix salió al escenario, terminó su set con “Fire”, y al cierre, cumplió la promesa. Mojó su guitarra en ese líquido inflamable, encendió una llama, se arrodilló frente al público que observaba entre alarma y fascinación. La hoguera duró segundos, pero el eco sería eterno. Esa fue la primera vez que Hendrix incendió su guitarra en un concierto en vivo, en Londres.

Unos meses después, en junio de 1967, durante el Monterey Pop Festival en California, quedó plasmado lo que hoy se considera la imagen icónica del rock: Hendrix, encorvado, prendiendo fuego su Stratocaster al final de “Wild Thing”, rompiéndola, lanzando sus restos al público. La audiencia quedó boquiabierta. No era sólo espectáculo, era ritual.

Ese gesto —un mix de teatralidad, desafío y espectáculo— no solo definió la imagen pública de Hendrix, sino que se volvió emblema de los años del cambio: la explosión cultural de los sesenta, el cuestionamiento de lo establecido, la idea de que la música podía prender fuego no solo a instrumentos, sino a prejuicios. Hendrix diría después: “You sacrifice things you love. I love my guitar.” — sacrificar lo que uno ama como acto artístico.

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