No está en un museo. No lo tiene ningún millonario. El Mustang más buscado del mundo perteneció a Jim Morrison… y se esfumó como él: sin dejar rastro.

Corría 1967. The Doors acababan de incendiar el planeta con Light My Fire y Elektra Records premió a cada integrante por el éxito.
Ray Manzarek pidió una grabadora.
John Densmore, un caballo.
Jim Morrison pidió un Shelby GT500 nuevecito, directo del infierno: V8, 355 caballos, azul medianoche. Un rugido con ruedas. Lo apodaron Blue Lady.
Ese auto era más que transporte. Era el reflejo de Morrison: salvaje, veloz, imposible de controlar. Apareció en su cortometraje HWY: An American Pastoral, donde lo vemos manejar sin rumbo fijo, como si escapara de sí mismo.
Después de eso… desapareció.
Sin placas. Sin papeles. Sin pistas.
Se dice que lo chocó borracho y lo dejó abandonado.
Que terminó en un corralón, desarmado sin saber a quién pertenecía.
O que está oxidándose en algún rincón polvoriento del desierto, esperando que alguien lo reconozca.
Hoy, ese Shelby valdría millones. Pero su valor real no está en el dinero. Está en el mito.
Porque hay quienes cuidan sus autos como reliquias.
Y luego estaba Morrison, que hacía de ellos fantasmas.
Él no coleccionaba cosas: las incendiaba en la memoria colectiva.
Un coche perdido.
Una estrella fugaz al volante.
Una historia que sigue acelerando sin frenos en la cultura rock.











