El 30 de abril de 2026 murió en su casa de Santa Mónica, California, Alex Ligertwood, a los 79 años. No se confirmó la causa de muerte. La noticia fue anunciada por su esposa y agente, Shawn Brogan, con una frase que, más que un homenaje, funciona como diagnóstico: “Si lo conocías, lo amabas”.
La despedida llegó apenas dos semanas después de su último concierto en Nevada, como parte del tour Icons of Classic Rock. No hubo retiro anunciado ni cierre ceremonial. Ligertwood se fue como vivió gran parte de su carrera: trabajando, cantando, sin convertir su trayectoria en espectáculo.
Para muchos, su nombre puede no ocupar el primer plano. Pero su voz —eso es otra historia.

De Glasgow al mundo: una formación marcada por el soul
Nacido el 18 de diciembre de 1946 en Glasgow, Escocia, Ligertwood creció en un entorno donde la música era una presencia constante, aunque no profesional. Su padre, baterista aficionado, fue el primer contacto con el ritmo, pero sus verdaderas influencias llegaron de otro lado: el soul y el R&B estadounidense.
Figuras como Otis Redding, Sam Cooke y Marvin Gaye moldearon su forma de entender la voz, no como un recurso técnico, sino como una herramienta emocional. Esa influencia se mantendría intacta a lo largo de su carrera, incluso cuando su trabajo se moviera dentro del rock y el jazz fusión.
Sus primeros pasos fueron en el coro escolar y luego en bandas locales como The Senate, dentro de la escena escocesa de finales de los sesenta. Era un circuito pequeño, pero suficiente para desarrollar una identidad vocal que pronto buscaría un escenario más amplio.
El salto a Estados Unidos y la construcción de un nombre
A principios de los años setenta, Ligertwood cruzó el Atlántico y se integró al The Jeff Beck Group, una de las plataformas más exigentes para cualquier vocalista de la época. Ahí comenzó a construir una reputación sólida, no basada en protagonismo mediático, sino en consistencia musical.
Posteriormente se unió al proyecto Brian Auger’s Oblivion Express, liderado por Brian Auger, donde su voz encontró un espacio más flexible dentro del jazz-rock. Con esta agrupación recorrió escenarios internacionales y consolidó un estilo que combinaba precisión técnica con una entrega emocional poco común.
Fue en ese contexto donde su nombre empezó a circular entre músicos más que entre audiencias masivas.
Y eso, eventualmente, lo llevó a su etapa más reconocida.
Santana: la voz detrás de una transformación
En 1979, Carlos Santana lo incorporó a Santana para el álbum Marathon. Lo que parecía una colaboración puntual se convirtió en una relación intermitente pero constante durante quince años, dividida en cinco periodos entre 1979 y 1994.
Ligertwood fue una pieza central en la evolución sonora de Santana durante los años ochenta, una etapa en la que la banda transitó hacia estructuras más accesibles sin abandonar del todo su identidad instrumental. Su voz, con una raíz claramente soul, funcionó como puente entre ambos mundos.
Participó en discos clave como Zebop! (1981), Shangó (1982) y Beyond Appearances (1985), y fue la voz principal en canciones que definieron esa era: “Winning”, “Hold On”, “You Know That I Love You” y “All I Ever Wanted”. También coescribió temas como “Somewhere in Heaven” y “Make Somebody Happy”, lo que confirma que su aporte no se limitaba a la interpretación.
No era un cantante invitado.
Era parte del lenguaje de la banda.
Live Aid y la visibilidad global
En 1985, Ligertwood fue el vocalista de Santana durante su presentación en el Live Aid en Filadelfia, uno de los eventos musicales más masivos en la historia de la televisión. Aunque su nombre no encabezaba los carteles, su voz fue la que llegó a millones de espectadores en ese momento.
Ese tipo de apariciones resume bien su carrera: presencia en escenarios clave, sin la necesidad de convertir esa exposición en protagonismo personal.
Ligertwood no construyó una figura pública en torno a sí mismo.
Construyó una trayectoria.
El respeto de sus pares
Tras su muerte, las reacciones no tardaron en aparecer, pero dos testimonios resultan particularmente reveladores.
En su autobiografía, Carlos Santana describió a Ligertwood como un cantante con una voz extraordinaria de R&B, aunque —con humor— reconocía que su acento escocés era tan cerrado que a veces resultaba difícil entenderlo fuera del escenario. La anécdota, más que un chiste, revela la cercanía entre ambos y el reconocimiento de un talento que no necesitaba traducción cuando cantaba.
Por su parte, Brian Auger fue más directo en su despedida. Afirmó que, en toda su carrera, nunca escuchó a nadie con ese rango vocal ni con esa capacidad de atravesar una melodía sin esfuerzo. “No cantaba canciones. Las vivía.”
No es una frase ligera.
Es el tipo de elogio que sólo aparece cuando ya no hay nada que negociar.
Una voz que no buscó el centro, pero lo ocupó
La historia de Alex Ligertwood no es la de un frontman tradicional ni la de una figura mediática. Es la de un músico cuya relevancia se construyó desde la interpretación, desde la capacidad de integrarse a proyectos complejos sin perder identidad.
Su legado no está en titulares, sino en canciones que siguen sonando con la misma intensidad que cuando fueron grabadas.
Y en una voz que, sin necesidad de imponerse, siempre encontraba su lugar.

Cierre editorial
Hay músicos que llenan el escenario. Otros lo sostienen.
Alex Ligertwood hizo lo segundo.
Y cuando una voz así se apaga, no deja silencio… deja espacio para entender todo lo que estaba sosteniendo.










