Por: Mike Stone
En la historia del rock hay accidentes… y hay tragedias que parecen escritas por fuerzas que se burlan del destino.
El 19 de marzo de 1982, Randy Rhoads, el prodigioso guitarrista de Ozzy Osbourne, subió a una avioneta Beechcraft Bonanza en Leesburg, Florida. No era un vuelo planeado. Era solo un “paseo rápido” durante una pausa de la gira Diary of a Madman.
El piloto, Andrew Aycock, decidió —sin permiso— sobrevolar el autobús donde dormía Ozzy. Tres pasadas, una maniobra peligrosa y… a la tercera, el ala golpeó el vehículo. El avión se estrelló contra una mansión y explotó.
Rhoads tenía apenas 25 años.

El cuerpo quedó irreconocible, pero lo más escalofriante vino después.
Los bomberos y forenses reportaron que el cuello de la guitarra de Randy, una Gibson Les Paul blanca, fue encontrado prácticamente intacto, entre los restos del fuselaje calcinado. Algunos técnicos de la gira —entre ellos Jake Duncan, asistente de sonido— afirmaron que, al tocarlo, el mástil aún vibraba ligeramente… como si hubiera estado tocando segundos antes del impacto.
Un detalle que nunca se incluyó en los informes oficiales, pero que Ozzy mencionó años más tarde:
“Sentí como si alguien me tocara el hombro cuando vi los restos. No había nadie detrás de mí”.
Desde entonces, los instrumentos de Randy (su Les Paul blanca y su Flying V de Polka Dots) se exhiben bajo fuerte vigilancia. Técnicos del museo Musicians Hall of Fame en Nashville aseguran que, durante la noche, las cuerdas se desafinan solas, y detectores de movimiento registran actividad mínima, pero constante, cerca del estuche.
No hay pruebas concluyentes, pero hay testigos.
Y en el mundo del rock, a veces la energía de una guitarra no se apaga: solo cambia de frecuencia.











