Woodstock ’99: Tres Días de Paz, Amor y Todo lo Contrario

El nombre Woodstock cargaba en 1999 con treinta años de mitología. El festival original de agosto de 1969 en Bethel, Nueva York, había quedado grabado en la memoria colectiva como el momento cumbre del idealismo de los sesenta: 400,000 personas, barro, Hendrix tocando el himno nacional con la guitarra, y una promesa de que la música podía cambiar el mundo. Era un mito conveniente, en parte falso como todos los mitos, pero era el mito disponible.

Michael Lang, uno de los organizadores del festival original, decidió que ese nombre valía suficiente dinero como para resucitarlo una vez más. Ya lo había intentado en 1994, con resultados mixtos. Para 1999 se asoció con el promotor John Scher y eligieron como sede la antigua Base Aérea Griffiss en Rome, Nueva York: una explanada de asfalto y concreto, sin árboles, sin sombra natural, a finales de julio. Alguien tomó esa decisión y la firmó.

Las condiciones: el desastre antes del desastre

El festival se realizó del 23 al 25 de julio de 1999, con una asistencia de aproximadamente 220,000 personas. El boleto costaba 150 dólares, más cargos adicionales. Una vez adentro, una botella de agua tenía un precio de 4 dólares — equivalente a 8 dólares en valores de 2024 — y las filas para las fuentes de agua gratuita eran interminables.

El sitio era, en términos prácticos, una trampa de calor. El asfalto de la antigua pista de aterrizaje había sido despojado de sus árboles, lo que limitaba prácticamente cualquier posibilidad de sombra. Las temperaturas superaron los 38 grados centígrados durante los tres días. Los baños portátiles desbordaron desde el primer día. El lodo que algunos asistentes se embarraron en el cuerpo no era sólo tierra. La periodista de Billboard que cubrió el evento lo describió sin ambages: lo primero que te golpeaba al llegar era el olor.

Con alrededor de 220,000 personas asistiendo y otras 10,000 trabajando en el festival, Woodstock ’99 convirtió temporalmente ese sitio en la tercera ciudad más poblada del estado de Nueva York. Una ciudad sin agua potable accesible, sin sanitarios funcionales y con el sol rebotando en el pavimento todo el día.

La música, el calor y Fred Durst

El cartel era representativo de lo que sonaba en las radios en 1999: Korn, Metallica, Megadeth, Red Hot Chili Peppers, Alanis Morissette, Kid Rock, DMX, Moby, The Offspring. Una mezcla de géneros que en circunstancias normales habría funcionado. Las circunstancias no eran normales.

Korn abrió el viernes y la noche fue bien. El sábado fue otra historia. Limp Bizkit tomó el escenario con su álbum Significant Other recién publicado y Break Stuff como carta fuerte. El festival ya era un hervidero de tensiones antes de que la banda subiera al escenario: el clima era opresivo, la sombra escasa, la comida y el agua sobrevaluadas. Lo que vino después está documentado, aunque sigue siendo objeto de debate.

Fred Durst básicamente le dijo a la multitud que destruyera todo, lo cual hicieron: arrancaron pedazos de una torre de sonido y los usaron para hacer «crowd surfing». Durante y después de esa actuación se reportaron agresiones sexuales. Jonathan Davis, cuya banda Korn había tocado el viernes, fue directo al respecto: «La segunda noche, Limp Bizkit lo arruinó para todos. Él instigó todo el asunto.»

Durst, por su parte, se ha defendido durante décadas. Su argumento es simple: «Nos contrataron por lo que hacemos, y lo único que hicimos fue lo que hacemos.» Y tiene parte de razón, aunque no toda. Los peores disturbios, los incendios y los saqueos masivos no ocurrieron durante el set de Limp Bizkit, sino el día siguiente, el domingo, mientras tocaban Red Hot Chili Peppers y Megadeth. La narrativa mediática mezcló convenientemente los tiempos.

El final: fuego sobre las ruinas

La última noche del festival, un grupo de activistas por la paz repartió velas entre el público para crear un momento emotivo durante la actuación de los Red Hot Chili Peppers. La banda cerró con una versión de «Fire», de Jimi Hendrix, como homenaje al guitarrista que había tocado en el Woodstock original. Las velas encendidas más la carga emocional de tres días sin agua, sin sombra y con los nervios de punta fue suficiente: los incendios se extendieron por todo el recinto, los vehículos fueron volcados y quemados, y los puestos de vendedores saqueados y destruidos.

Para el domingo por la noche, entre 500 y 700 policías estatales, agentes locales y otros elementos de seguridad llegaron con equipo antidisturbios para controlar y dispersar a la multitud.

La violencia sexual que ocurrió durante esos tres días fue lo más grave y lo menos perseguido. Un testigo le dijo al New York Times que en menos de diez minutos vio a cinco o seis mujeres ser agredidas sexualmente. «Las estaban pasando literalmente de un tipo a otro», declaró. Cuatro violaciones fueron investigadas oficialmente por la policía estatal. Los trabajadores de intervención en crisis reportaron haber presenciado más. De los 44 arrestos realizados durante el festival, sólo uno fue por agresión sexual. Nadie fue condenado.

El chivo expiatorio conveniente

John Scher, el promotor, nunca aceptó responsabilidad. Culpó a las bandas, a la prensa y a la multitud. Las notas periodísticas mostraban a Fred Durst cantando «Break Stuff» y lo editaban sobre imágenes del caos del día siguiente. Era conveniente para la narrativa. Lo que los organizadores preferían no discutir era la decisión de montar un festival de 220,000 personas en una pista de aterrizaje en pleno julio sin infraestructura de sombra, con agua a precio de oro y seguridad insuficiente.

El director del documental de Netflix Trainwreck: Woodstock ’99 lo resumió así: «Fue una mezcla perfecta de eventos desafortunados, errores de cálculo y descuidos. Ninguno por sí solo habría sido suficiente, pero juntos derrumbaron el asunto y lo dejaron en un montón de cenizas humeantes.»

El nombre Woodstock nunca se recuperó del todo. No hubo otra edición.

Cierre editorial

Woodstock ’99 fue la demostración más cara y literal de que la nostalgia no escala. Los organizadores vendieron la ilusión de 1969 a precio de 1999, pusieron a 220,000 personas en una pista de asfalto sin sombra en pleno julio y se sorprendieron cuando el resultado no fue amor y paz. Lo que quedó no es sólo la historia de un festival que se incendió: es el retrato de lo que pasa cuando la codicia le pone nombre bonito a la negligencia.

Fuentes

  1. BillboardWoodstock ’99: 25 Years Later
  2. Rolling Stone19 Worst Things About Woodstock ’99
  3. The Ringer Limp Bizkit Got the Blame for the Woodstock ’99 Riots. But It’s Not That Simple.
  4. ViceWoodstock ’99 Was a Violent Disaster That Predicted America’s Future
  5. NewsweekWoodstock ’99: The Most Chaotic Things That Happened, 25 Years On
  6. Oxygen‘I Believe Them’: How One Woman Sought Out Woodstock ’99 Sex Assault Survivors
  7. Radio XHere’s what Fred Durst said about Limp Bizkit’s Woodstock ’99 performance
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