La gira que redefinió el caos
Para el verano de 1972, los Rolling Stones no eran simplemente la mejor banda de rock del mundo —ellos mismos lo proclamaban en cada cartel de la gira— sino también la operación más descontrolada que el negocio del espectáculo había visto hasta entonces. El tour se llamaba oficialmente S.T.P., por Stones Touring Party, aunque en los pasillos también le decían «la gira de la cocaína y el Tequila Sunrise». Viajaban en avión privado con la lengua pintada en el fuselaje, reservaban pisos enteros de hoteles para tener privacidad garantizada y salían a tocar cada noche respaldados por un aparato logístico que no tenía precedente en el rock. Far Out Magazine
La gira arrancó en junio y recorrió Estados Unidos y Canadá hasta finales de julio, promocionando Exile on Main St., el álbum doble grabado en el sótano de una villa francesa que muchos consideran la obra cumbre de la banda. La cobertura periodística era extraordinaria: Truman Capote —el autor de A sangre fría— fue enviado por la revista Rolling Stone a documentar el tour, acompañado de la princesa Lee Radziwill, hermana de Jackie Kennedy. Robert Frank filmó el documental Cocksucker Blues, tan crudo y explícito que por orden judicial sólo puede proyectarse legalmente en Estados Unidos si el propio Frank está presente en la sala. Era ese tipo de gira.

Hugh Hefner, los Stones y una mansión con seguridad de búnker
Mientras estaban en Chicago, el grupo se hospedó en la Mansión Playboy de Hugh Hefner. La original, hay que aclarar, que en ese entonces todavía estaba en Chicago antes de que Hefner la relocaliza a Los Ángeles años después. La invitación venía de parte del propio Hefner, que creyó que abrir las puertas de su famosa residencia a los Stones sería, en sus propias palabras según Richards, «muy divertido». Más tarde lo reconsideraría.
Hefner había recibido un disparo justo antes de la visita de los Stones, y la mansión se parecía al palacio de gobierno de alguna dictadura caribeña, con seguridad armada en todos los rincones. La atmósfera era, en resumen, perfecta para lo que estaba a punto de pasar. Richards lo describió en su autobiografía Life, publicada en 2010, con la ecuanimidad de quien ha procesado el incidente durante casi cuatro décadas: «Hefner abrió el lugar para los Stones. Estuvimos ahí más de una semana. Y básicamente es un burdel, que en realidad no es lo mío.»
El médico, la bolsa y la filosofía del «¿y estos qué hacen?»
Bobby Keys era el saxofonista de los Stones desde finales de los sesenta y uno de los miembros del círculo más cercano a Richards. Tejano de nacimiento, había tocado con Buddy Holly de adolescente y compartido cumpleaños —el 18 de diciembre— con Mick Jagger, dato que consideraban un vínculo cósmico de primer orden. En términos de disposición al desorden, Keys y Richards eran perfectamente complementarios.
La gira contaba con un médico de tour. Richards y Keys tenían la costumbre de emborracharlo y robarle la bolsa. Lo que hacían después con el contenido lo resumió Richards con una palabra que en inglés suena como el título de un bufé escandinavo: smorgasbording. Probar todo lo que hubiera disponible, sin preguntas previas y con curiosidad científica.
Esa noche en Chicago, los dos se encerraron en el baño. Richards lo contó así en Life: «Bobby y yo estábamos sentados en el baño, cómodos, buen baño, sentados en el suelo, con la bolsa del doctor, probando de todo. ‘¿Y estos qué hacen?’ Bong.»
El momento en que el humo dejó de ser metafórico
Lo que siguió tiene la cadencia perfecta de una historia que sólo puede ser verdad porque nadie la inventaría así. En algún punto, Bobby Keys dijo: «Está muy ahumado aquí.» Richards miró hacia donde debía estar Keys y no pudo verlo. Las cortinas estaban ardiendo. Todo estaba a punto de explotar.
Hubo golpes en la puerta. Meseros y hombres de traje negro llegaron con cubetas de agua. Abrieron la puerta y encontraron a los dos sentados en el suelo, con las pupilas completamente contraídas. Richards, con la sangre fría que sólo dan años de práctica intensa, reaccionó ante la intrusión con la dignidad que consideró apropiada: «Eso lo podríamos haber hecho nosotros mismos. ¿Cómo se atreven a irrumpir en nuestra reunión privada?»
Cuando salieron del baño, éste estalló en llamas. La mansión sobrevivió sin daños mayores.
El epílogo con denominación de origen
Hefner se mudó pronto a Los Ángeles. Algunos lo relacionan directamente con la visita de los Stones, aunque nunca lo confirmó públicamente. Richards, por su parte, cerró el capítulo en una entrevista con la revista Q en 2016 con la precisión de quien lo ha contado muchas veces y sabe qué parte es la mejor: «Había campanas sonando y gente corriendo por el pasillo. Cuando salimos del baño, estalló en llamas.»
No era la primera vez que Richards protagonizaba un incendio, ni sería la última. En otra ocasión, un siniestro en su propia casa lo obligó a salir por la ventana en camiseta mientras su pareja salía sin ropa. Al día siguiente encontraron en el jardín quemado un letrero que decía: «Gracias, Keith.» Hay hombres que atraen el fuego. Richards simplemente nunca se lo tomó como una señal.
Cierre editorial
Keith Richards lleva décadas siendo el argumento más sólido en favor de que la coherencia interna de un personaje puede superar cualquier sentido común convencional. El hombre prendió fuego a un baño de la Mansión Playboy, no lo notó hasta que no pudo ver a su compañero entre el humo, reclamó su privacidad a los rescatistas con cubetas en la mano y salió a contarlo cuarenta años después con la misma calma con que hablaría del clima. Eso no es descaro. Eso es identidad.

Fuentes
- Rolling Stone — Exclusive Life Excerpt from Keith Richards (fragmento original de la autobiografía)
- Louder Sound — When Keith Richards set fire to the Playboy Mansion
- Far Out Magazine — Keith Richards almost burned down the Playboy Mansion
- Ultimate Classic Rock — Keith Richards’ Strange History of House Fires
- Newsweek — 7 Wild Keith Richards Stories
- Wikipedia — The Rolling Stones American Tour 1972










